Por qué, a veces, deseamos justamente aquello que nos hace sufrir

Cuando una mujer habla de sus elecciones amorosas, es común que intente explicarlas mediante la razón. Recuerda las cualidades que percibió en el otro, las circunstancias del encuentro, los intereses en común y las expectativas que se construyeron a lo largo de la relación. En determinados momentos, sin embargo, esas explicaciones parecen insuficientes. Reconoce que esa persona no logra ofrecerle el vínculo que desea. Percibe la distancia, la falta de reciprocidad, las promesas que no se sostienen y la repetición de las mismas frustraciones. Aun así, sigue emocionalmente ligada. Puede comprender racionalmente que la relación le causa sufrimiento y, al mismo tiempo, sentir que no logra alejarse. Puede terminar y volver. Puede prometerse a sí misma que no aceptará de nuevo determinadas situaciones y, tiempo después, percibir que ocupa el mismo lugar. Entonces surgen preguntas cargadas de culpa:

«¿Por qué sigo eligiendo a personas así?» «¿Por qué no logro interesarme por alguien que esté realmente disponible?» «¿Por qué sé que me hace daño, pero aun así deseo permanecer?» Estas preguntas revelan una verdad importante: no toda elección amorosa nace solo de la razón. También elegimos a partir de experiencias que no recordamos con claridad, modelos de relación que aprendimos sin darnos cuenta, fantasías, identificaciones, miedos y deseos que permanecen inconscientes.

Esto no significa que una persona no tenga responsabilidad sobre sus elecciones. Significa que, para comprender verdaderamente por qué elige, no basta con observar solo lo que conoce conscientemente sobre sí misma. Existe una historia silenciosa participando en cada encuentro.

Lo familiar puede confundirse con el amor

Desde los primeros años de vida, comenzamos a construir una comprensión sobre lo que significa amar y ser amada. Esa comprensión no se forma solo a través de lo que nos enseñan con palabras. También se organiza a partir de la manera en que fuimos cuidadas, acogidas, esperadas, frustradas y reconocidas. La niña observa cómo se relacionan los adultos. Percibe si el amor viene acompañado de seguridad o de amenaza. Aprende si puede expresar sus necesidades o si necesita esconderlas. Descubre si el otro permanece disponible cuando ella muestra rabia, tristeza o descontento. Poco a poco, ciertas formas de vínculo se vuelven familiares. Si la presencia afectiva estuvo acompañada de inestabilidad, la niña puede aprender que amar también significa esperar.

Si el cariño aparecía después de un período de alejamiento, puede asociar el reencuentro con la intensidad. Si necesitaba complacer para recibir atención, puede comenzar a creer que el amor debe conquistarse. Si los adultos importantes eran emocionalmente distantes, puede aprender a buscar cercanía justamente con quien no logra ofrecerla. En la vida adulta, estas experiencias no aparecen como recuerdos organizados. La mujer no elige conscientemente a alguien indisponible porque desee revivir un dolor antiguo. Lo que ocurre es más sutil.

Lo que es familiar puede reconocerse como amor incluso antes de ser comprendido. Una persona disponible puede parecer extraña. La estabilidad puede confundirse con ausencia de pasión. La tranquilidad puede parecer falta de intensidad. En cambio, la incertidumbre, la ansiedad y la espera pueden producir la sensación de que está ocurriendo algo muy profundo. El cuerpo reconoce un lenguaje antiguo. La mujer no se enamora solo de quién es el otro. También puede involucrarse con el lugar que esa relación le ofrece.

Los personajes cambian, pero la posición puede permanecer

Muchas mujeres dicen haberse relacionado con personas muy diferentes entre sí. Una pareja era expansiva; otra, reservada. Una parecía cariñosa; otra mostraba dificultad para expresar sentimientos. Una relación comenzó rápidamente; otra se construyó durante años. A pesar de estas diferencias, puede existir algo que permanece. Tal vez ella siga esperando ser elegida. Tal vez continúe intentando demostrar su valor.

Tal vez sea siempre la que comprende, perdona y sostiene. Tal vez el otro cambie, pero ella siga ocupando la posición de quien necesita luchar por el amor. Es en este punto donde podemos reconocer una repetición. La repetición no significa reproducir exactamente los mismos hechos. Puede aparecer en la permanencia de una posición subjetiva. La mujer puede cambiar de pareja, de ciudad y de circunstancias, pero seguir sintiendo que necesita conquistar una presencia que nunca está completamente disponible.

Puede terminar una relación en la que se sentía abandonada e involucrarse, después, con alguien que ofrece una forma diferente de la misma ausencia. En una relación, el otro desaparecía físicamente. En otra, permanece cerca, pero no logra escucharla. En otra, ofrece cariño, pero evita el compromiso. Las escenas son diferentes, pero la experiencia emocional es similar. Ella sigue frente a alguien a quien necesita convencer para que se quede.

La esperanza de que esta vez será diferente

La repetición amorosa no ocurre solo porque el sufrimiento sea conocido. También puede sostenerse por una esperanza. En cada nueva relación, la mujer puede sentir que finalmente vivirá un desenlace diferente. Tal vez, en algún momento de su historia, aprendió que necesitaba luchar para recibir atención. Tal vez convivió con una figura importante que era cariñosa en algunos períodos y distante en otros. Tal vez experimentó la sensación de no saber nunca si sería verdaderamente elegida. En la vida adulta, al encontrar a alguien emocionalmente indisponible, puede surgir un deseo profundo de modificar esa experiencia. Piensa que, si logra hacer que esa persona la ame, algo dentro de ella será reparado.

Si alguien que no se compromete finalmente asume la relación, eso podría significar que ella es suficientemente importante. Si alguien distante se vuelve afectuoso por su causa, tal vez la antigua sensación de rechazo desaparezca. Si logra transformar a una persona que no sabe amar, podrá sentir que su amor tiene un valor especial. Esta esperanza hace que la relación sea extremadamente intensa. No está invirtiendo solo en el presente. Está intentando resolver una pregunta antigua.

«¿Esta vez alguien se quedará?» «¿Esta vez seré suficiente?» «¿Esta vez lograré transformar la ausencia en presencia?» El problema es que el otro real puede no tener las condiciones ni el deseo de ofrecer lo que ella espera. Aun así, abandonar la relación significaría abandonar también la fantasía de reparación.

Por eso, algunas mujeres permanecen ligadas no solo a la persona, sino a la promesa de que, algún día, el final será diferente.

El amor dirigido al potencial

En muchas relaciones, la mujer percibe claramente quién es el otro, pero permanece ligada a quién podría llegar a ser. Observa sus dificultades, su indisponibilidad y sus límites. Al mismo tiempo, logra imaginar una versión más madura, presente y amorosa de esa persona. Tal vez solo necesite tiempo. Tal vez nunca haya recibido suficiente amor. Tal vez tenga miedo.

Tal vez todavía no haya comprendido la profundidad del vínculo. Estas posibilidades pueden ser verdaderas. Todos tenemos conflictos, defensas y dificultades emocionales. Las personas pueden cambiar. Sin embargo, existe una diferencia entre reconocer que alguien tiene potencial de transformación y construir toda una relación sobre esa posibilidad. Cuando la mujer ama principalmente el potencial, comienza a relacionarse con una promesa. La realidad pasa a interpretarse como una fase provisional.

Soporta la ausencia porque imagina la presencia futura. Tolera la falta de compromiso porque cree que, más adelante, será elegida. Acepta poco porque espera que, en algún momento, recibirá todo. La relación real se convierte en un intervalo entre la persona que existe y aquella que imagina que algún día existirá. Con esto, la mujer puede pasar años esperando una transformación que no depende de ella. El amor pasa a dirigirse menos al otro tal como es y más a aquello que ella desea que sea.

El deseo no busca solo lo que nos hace bien

Existe una idea muy difundida de que buscamos naturalmente aquello que nos trae felicidad. Sin embargo, la experiencia humana es más compleja. No siempre deseamos solo lo que nos hace bien. A veces, nos sentimos atraídas por aquello que confirma antiguas creencias sobre nosotras mismas. Una mujer que se siente poco digna de amor puede desconfiar de alguien que la ama con claridad. Puede imaginar que hay algo erróneo en esa persona o que el interés no es verdadero. Sin embargo, al encontrar a alguien que la rechaza o la mantiene a distancia, puede sentir un deseo intenso.

No porque quiera conscientemente sufrir, sino porque ese rechazo corresponde a algo que ella ya cree sobre sí misma. La experiencia parece decir: «Necesitas esforzarte más.» «Todavía no eres suficiente.» «Tal vez, si haces todo correctamente, seas elegida.»

La relación confirma una imagen conocida y, al mismo tiempo, ofrece la posibilidad de modificarla. La mujer intenta demostrar que esa antigua creencia está equivocada, pero lo hace justamente dentro de una relación que sigue reforzando esa creencia. Desea ser elegida por quien no la elige. Desea recibir de alguien indisponible aquello que una persona disponible podría ofrecer con mucho menos sufrimiento. Cuanto más difícil se vuelve conquistarlo, mayor puede parecer el valor de aquello que se busca.

Cuando la ansiedad se confunde con pasión

Las relaciones inestables pueden producir una intensidad emocional muy grande. El otro se acerca y luego se aleja. Muestra interés y, poco después, se vuelve distante. Hace promesas, retrocede y vuelve justo cuando la mujer empieza a desistir. Cada acercamiento produce alivio. Cada alejamiento despierta angustia. La mujer pasa a vivir atenta a las señales del otro. Un mensaje puede transformar su día. Un silencio puede generar innumerables interpretaciones. Un gesto de cariño puede reencender toda la esperanza.

Esta alternancia entre presencia y ausencia puede confundirse con pasión. El cuerpo permanece en estado de expectativa. La mente busca explicaciones. La mujer siente que no logra dejar de pensar en esa persona. La intensidad parece comprobar que existe un gran amor. Sin embargo, parte de esa intensidad puede no provenir solo del encuentro amoroso. Puede ser producida por la inseguridad. Cuanto menos sabe sobre el lugar que ocupa, más piensa.

Cuanto menos recibe, más desea. Cuanto más incierta está sobre el vínculo, más atención le dedica. La ansiedad mantiene a la persona emocionalmente conectada. Por eso, cuando encuentra una relación más estable, puede sentir falta de la intensidad anterior. Ya no existe la misma necesidad de vigilar, interpretar o conquistar. La tranquilidad puede percibirse como vacío porque no produce los mismos movimientos emocionales.

Se necesita tiempo para comprender que la paz no significa ausencia de deseo y que la seguridad no es sinónimo de monotonía.

La elección amorosa y el deseo del Otro

Desde muy temprano, intentamos comprender qué espera el otro de nosotras. La niña depende del cuidado, la presencia y el reconocimiento de las figuras importantes. Por eso, intenta percibir qué necesita ser para mantener ese vínculo. Tal vez necesite ser obediente. Tal vez necesite cuidar. Tal vez no pueda mostrar demasiada necesidad.

Tal vez necesite ser fuerte, agradable o exitosa. Estas respuestas comienzan a formar parte de la construcción de su identidad. En la vida adulta, la mujer puede seguir orientando sus elecciones a partir de la pregunta: «¿Qué necesito ser para que el otro me ame?» En lugar de preguntarse si desea esa relación, se concentra en descubrir cómo puede ser deseada.

Adapta su forma de hablar, de comportarse y de sentir. Reduce sus necesidades. Evita conflictos. Se convierte en aquello que cree que el otro espera. La elección amorosa deja de organizarse solo alrededor del propio deseo y pasa a girar en torno al deseo del otro. La mujer quiere ser elegida, pero tal vez tenga dificultad para percibir si también está eligiendo. Esta diferencia es fundamental. Ser deseada por alguien no significa necesariamente desear la vida que se construye junto a esa persona.

Conquistar el amor de alguien no garantiza que el vínculo corresponda a sus necesidades. Una mujer puede dedicar tanto esfuerzo a ser elegida que deja de preguntarse qué está eligiendo para sí misma.

El amor como prueba de valor

Cuando el valor personal depende demasiado de la mirada del otro, la elección amorosa puede transformarse en una evaluación. Ser amada significa ser importante. Ser rechazada significa no ser suficiente. El final de una relación deja de vivirse solo como una pérdida y pasa a funcionar como una sentencia sobre la propia identidad. La mujer no piensa solamente:

«Esta relación no fue posible.» Puede concluir: «No fui suficientemente buena.» «No logré hacer que alguien se quedara.» «Hay algo malo en mí.»

Frente a esto, mantener la relación se convierte en una forma de proteger la autoestima. Mientras el otro todavía esté presente, aunque de manera precaria, existe la posibilidad de recibir confirmación. Mientras exista esperanza, la mujer no necesita enfrentar por completo la sensación de rechazo. Puede seguir intentando. Ofrece más cuidado, más comprensión y más disponibilidad.

Pero cuanto más intenta demostrar su valor a través de la relación, más dependiente se vuelve de la respuesta del otro. Su valor pasa a oscilar según la cercanía o el alejamiento de esa persona. Cuando recibe atención, se siente importante. Cuando el otro se aleja, siente que desaparece.

Lo conocido puede parecer más seguro que lo saludable

Incluso cuando una relación causa sufrimiento, puede ofrecer una forma conocida de organización. La mujer sabe cómo actuar frente a alguien distante. Sabe esperar, cuidar, intentar comprender y buscar señales de acercamiento. Tal vez haya desarrollado estas capacidades durante toda su vida. En una relación recíproca, necesitaría ocupar otro lugar. Necesitaría expresar deseos, sostener límites y permitirse ser conocida.

No sería solo la que cuida o conquista. También necesitaría recibir. Recibir puede ser más difícil que ofrecer. Al ofrecer, mantiene cierto control. Elige cuánto, cuándo y cómo se acerca. Al recibir, necesita confiar. Necesita admitir que necesita al otro. Necesita aceptar que no controla completamente lo que será ofrecido. Para alguien que aprendió a protegerse de la decepción, esa vulnerabilidad puede parecer peligrosa.

Así, una relación desequilibrada, aunque dolorosa, puede parecer emocionalmente más segura que un vínculo en el que la mujer necesitaría verdaderamente revelarse.

Comprender no significa culpar a la infancia

Reconocer que las elecciones amorosas están influenciadas por las primeras relaciones no significa afirmar que toda dificultad actual sea responsabilidad de los padres o de la infancia. El psicoanálisis no busca construir una explicación simple en la que una persona adulta sería solo víctima de su historia. Las experiencias iniciales dejan marcas, pero esas marcas no determinan todo de forma absoluta. A lo largo de la vida, encontramos a otras personas, construimos nuevos vínculos, atravesamos pérdidas y creamos formas singulares de responder a lo que vivimos. Además, dos niñas que crecen en una misma familia pueden construir sentidos completamente diferentes para experiencias similares.

Lo que importa no es solo lo que ocurrió, sino cómo fue vivido, interpretado e inscrito psíquicamente. Comprender la propia historia no significa responsabilizar a una sola persona. Significa reconocer que nuestras elecciones no surgen de la nada. Tienen raíces. Y conocer esas raíces puede ampliar nuestra libertad.

¿Por qué no basta con saber?

Muchas mujeres ya comprendieron racionalmente sus patrones. Pueden decir que eligen a personas indisponibles, que intentan salvar al otro o que tienen miedo de quedarse solas. Aun así, siguen repitiendo. Esto ocurre porque conocer una explicación no es lo mismo que elaborar una experiencia. La persona puede saber que necesita establecer límites, pero no lograr soportar la culpa que aparece cuando dice «no».

Puede entender que el otro no cambiará y, aun así, sentir que rendirse significa abandonar a alguien. Puede reconocer que merece reciprocidad, pero no lograr creer emocionalmente que un amor tranquilo sea realmente posible. El saber racional pertenece a una dimensión. La repetición está sostenida por afectos, fantasías y conflictos que no se transforman solo mediante consejos. Por eso, frases como «necesitas valorarte» o «solo tienes que salir de esa relación» pueden ser verdaderas, pero insuficientes.

La cuestión no es solo saber qué hacer. Es comprender qué hace tan difícil hacer aquello que ya se sabe.

El psicoanálisis y el sentido singular de la elección

El psicoanálisis no busca determinar a quién debe amar una persona. Tampoco ofrece una lista de características que definirían la relación correcta. Su trabajo es investigar el sentido singular de cada elección. ¿Por qué esa persona despertó tu deseo? ¿Qué representa?

¿Qué lugar ocupas en esa relación? ¿Qué intentas recibir? ¿Qué temes perder? ¿Qué experiencia antigua parece repetirse? ¿Qué promesa mantiene vivo el vínculo?

Estas preguntas no tienen respuestas inmediatas. Comienzan a construirse a través de la palabra. Al narrar sus relaciones, la mujer puede percibir que determinados acontecimientos se repiten. Puede notar palabras, situaciones y sentimientos que atraviesan diferentes vínculos. Tal vez perciba que siempre se acerca a alguien que necesita ser cuidado. Tal vez reconozca que pierde el interés cuando es correspondida.

Tal vez descubra que la conquista es más emocionante que la convivencia. Tal vez comprenda que sigue esperando una autorización para ser amada sin necesidad de demostrar su valor. En el análisis, la repetición deja de ser solo una secuencia de malas elecciones. Pasa a ser escuchada como un intento psíquico de responder a algo.

De la repetición a la posibilidad de elegir

Cuando una mujer comienza a reconocer el sentido de sus elecciones, no significa que dejará inmediatamente de desear lo que deseaba. El deseo no obedece órdenes. Puede seguir sintiendo atracción por alguien indisponible. Puede todavía sentir nostalgia de una relación que le causó sufrimiento. La diferencia es que esos sentimientos ya no necesitan determinar por sí solos sus decisiones. Puede sentir deseo y observar la realidad.

Puede amar y reconocer un límite. Puede sentir falta y no volver. Puede comprender la historia del otro sin asumir la responsabilidad de transformarlo. Poco a poco, se abre una distancia entre lo que siente y lo que elige hacer. Esta distancia es importante porque permite que la persona deje de ser conducida enteramente por la repetición.

Puede preguntarse no solo: «¿Por qué quiero a esta persona?» Sino también: «¿Qué me pasa cuando estoy en esta relación?» «¿Quién me convierto junto a ella?»

«¿Hay espacio para mí en este vínculo?» «¿Estoy encontrando al otro o intentando reparar mi propia historia?» La elección se vuelve más consciente no porque toda dimensión inconsciente desaparezca, sino porque la mujer comienza a reconocer algo de aquello que antes actuaba silenciosamente.

Elegir diferente también puede provocar angustia

Abandonar un patrón conocido no siempre produce alivio inmediato. Una mujer puede salir de una relación dolorosa y sentir un vacío enorme. Puede encontrar a alguien disponible y sentir miedo. Puede establecer límites y experimentar culpa. Estos sentimientos no significan necesariamente que esté tomando la decisión equivocada.

Pueden indicar que está dejando una posición antigua. Durante mucho tiempo, tal vez supo quién era dentro de la falta. Era la que esperaba, cuidaba e intentaba. Cuando deja de ocupar ese lugar, necesita descubrir otra manera de existir en el amor. Esto exige tiempo.

Una relación más saludable no borra inmediatamente las marcas de las relaciones anteriores. La mujer puede seguir esperando el abandono, interpretando silencios y desconfiando de la tranquilidad. El cambio no ocurre solo porque encontró a una persona diferente. También necesita construir, dentro de sí, una nueva forma de estar en el vínculo.

Amar sin convertir al otro en una respuesta

Ninguna relación puede resolver por completo las preguntas construidas a lo largo de una vida. La pareja no puede garantizar, para siempre, que tienes valor. No puede reparar todas las ausencias. No puede borrar todos los rechazos. Cuando el otro es colocado en ese lugar, la relación recibe una responsabilidad imposible.

Cualquier distancia despierta desesperación. Cualquier conflicto amenaza toda la seguridad. Cualquier cambio parece poner en riesgo la propia identidad. Amar de una forma más libre implica reconocer que el otro es importante, pero no puede ser la única fuente de existencia. Tiene sus propios deseos, límites y contradicciones. No está en la relación solo para reparar tu historia. De la misma manera, tú no necesitas ocupar el lugar de quien repara la de él.

El encuentro amoroso puede producir transformación, pero no debería depender de la misión de salvar, completar o convencer.

No todo lo intenso es amor

Tal vez uno de los descubrimientos más difíciles sea reconocer que la intensidad no garantiza profundidad. Una relación puede ser intensa porque activa miedo, inseguridad y deseo de reparación. Puede ocupar gran parte de los pensamientos porque permanece indefinida. Puede parecer inolvidable porque tocó heridas antiguas. Esto no significa que el sentimiento sea falso.

Significa que puede estar compuesto por diferentes elementos. Existe amor, tal vez. Pero también puede existir miedo a la soledad. Deseo de ser elegida. Necesidad de demostrar valor.

Esperanza de cambiar el pasado. Familiaridad con la ausencia. El psicoanálisis no reduce el amor a una sola explicación. Amplía aquello que llamamos amor, reconociendo que nuestros vínculos están atravesados por experiencias que muchas veces desconocemos.

Una elección más libre

Ninguna elección amorosa es enteramente racional. Tampoco existe una elección completamente libre de nuestra historia. Siempre llevamos con nosotras marcas, fantasías y deseos. La libertad posible no está en eliminar toda influencia inconsciente. Está en ampliar la capacidad de reconocer aquello que nos conduce.

Cuando una mujer percibe que busca personas indisponibles porque aprendió a asociar el amor con la conquista, algo puede comenzar a cambiar. Cuando entiende que intenta salvar al otro para sentirse necesaria, puede construir otras formas de vínculo. Cuando reconoce que la ansiedad no es necesariamente pasión, puede comenzar a tolerar la tranquilidad. Cuando comprende que ser elegida no basta, puede preguntarse qué está eligiendo para sí misma. La elección amorosa se vuelve más libre cuando deja de ser solo una repetición automática.

Esto no significa que no habrá miedo, duda o conflicto. Significa que la mujer podrá mirar al otro real, y no solo a lo que representa en su historia. Podrá reconocer el deseo sin ignorar la realidad. Podrá amar sin desaparecer.

Una invitación a la reflexión

Tal vez ya te hayas preguntado por qué sigues emocionalmente ligada a una persona que no ofrece lo que deseas. Tal vez hayas percibido que tus relaciones cambian, pero algunos sentimientos permanecen. Tal vez todavía estés intentando conquistar una presencia que siempre parece escaparse. No se trata de acusarte a ti misma por tus elecciones. Tampoco se trata de afirmar que todo lo que sentiste fue una ilusión.

Se trata de reconocer que, en el amor, no siempre buscamos solo al otro. También buscamos respuestas. Intentamos reparar ausencias. Buscamos confirmar nuestro valor. Reencontramos formas conocidas de vínculo.

Comprender esto puede ser el comienzo de un cambio. Tal vez la pregunta no sea solo: «¿Por qué elegí a esta persona?» Sino: «¿Qué, dentro de mí, reconoció esta relación como familiar?»

«¿Qué estoy intentando volver a vivir?» «¿Qué final todavía espero modificar?» «¿Hay espacio para mi deseo o solo estoy intentando corresponder al deseo del otro?» «¿Deseo a esta persona real o a la promesa que construí sobre ella?» En la entrevista inicial, podemos conversar sobre lo que estás viviendo, comprender los motivos que te llevaron a buscar acompañamiento y percibir si existe interés de ambas partes en darle continuidad al proceso analítico.

Referencias teóricas

FREUD, Sigmund. Recordar, repetir y reelaborar (1914).

FREUD, Sigmund. Más allá del principio del placer (1920).

FREUD, Sigmund. Introducción del narcisismo (1914).

LACAN, Jacques. El Seminario, Libro 4: La relación de objeto.

LACAN, Jacques. El Seminario, Libro 5: Las formaciones del inconsciente.

LACAN, Jacques. El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.